sábado, 20 de octubre de 2018

Patriotismo


[Cuento - Texto completo.]

Yukio Mishima


I
El veintiocho de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del batallón de transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir.
La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: “¡Vivan las Fuerzas Imperiales!” La de su esposa, luego de implorar el perdón de sus padres por precederlos en el camino a la tumba, concluía: “Ha llegado el día para la mujer de un soldado”. Los últimos momentos de esta heroica y abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés.
Hacía sólo dieciocho meses que se habían casado.
II
La foto, ligeramente posterior en el tiempo a esta narración, se corresponde
a la boda del teniente Japanese Army Genjirou Inui, veterano de guerra, y ha
es empelada desde el respeto, en la esperanza de que sus descendientes no se
vean ofendidos..
Los que contemplaron el retrato conmemorativo del novio y de la novia no dejaron de admirar, quizás tanto como quienes habían asistido a la boda, el elegante porte de la pareja.
El teniente, de pie junto a su esposa, estaba majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha descansaba sobre el puño de la espada y con la izquierda sostenía la gorra de oficial. Su expresión severa traducía claramente la integridad de su juventud.
En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla.Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.
Luego de consumado el suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones acerca de las maldiciones que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Quizás fuera sólo efecto de la imaginación, pero, al observar el retrato, parecía casi que los dos jóvenes, ante el biombo dorado, contemplaran, con absoluta claridad, la muerte que los aguardaba.
Gracias a los buenos oficios de su mediador, el teniente general Ozeki, habían podido instalarse en su nuevo hogar de Aoba-cho, en Yotsuya.En realidad aquel nuevo hogar no era sino una vieja casona alquilada, de tres dormitorios y con un pequeño jardín detrás.Utilizaban la habitación del piso superior, de ocho tatami, como dormitorio y habitación de huésped, pues el resto de la casa no recibía la luz del sol.
No tenían sirvientes y Reiko cuidaba del hogar en ausencia de su marido.
El viaje de boda quedó postergado por coincidir con una época de emergencia nacional. El teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy tieso, sentado sobre el piso y con su espada frente a él, Shinji había hecho escuchar a su esposa un discurso de corte militar antes de llevarla al lecho nupcial. Una mujer que contraía matrimonio con un soldado debía saber y aceptar sin vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podría llegar en cualquier momento. Quizás al día siguiente. No importaba cuándo.¿Estaba ella conforme con aceptarlo? Reiko se puso de pie y, abriendo la vitrina, tomó de ella su más preciado bien, un puñal regalado por su madre.Se comprendieron perfectamente sin necesidad de palabras y el teniente no puso nunca más a prueba la resolución de su mujer.
Durante los primeros meses que siguieron a la boda, la belleza de Reiko se hizo cada día más radiante.Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia.
Como ambos estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos,su relación era apasionada y no se limitaba a las horas de la noche.En más de una ocasión, al volver a su hogar directamente del campo de maniobras, y aún con el uniforme salpicado de barro, el teniente había poseído a su mujer en el suelo, apenas abierta la puerta de la casa. Reiko le correspondía con el mismo ardor. En aproximadamente un mes, contando con la noche de bodas,Reiko conoció la absoluta felicidad, y el teniente, al comprobarlo, se sintió también muy feliz.
El cuerpo de Reiko era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que, cuando gozaba, se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión.
El teniente recordaba a su mujer durante el día en los cortos periodos de descanso entre su entrenamiento y su retorno al hogar, y Reiko no olvidaba a su marido en ningún momento. Cuando estaban separados, les bastaba con mirar solamente la fotografía de su casamiento para ratificar una vez más su felicidad.A Reiko no le sorprendía en lo mas mínimo que un hombre que había sido un extraño hasta algunos meses atrás se hubiese convertido en el sol alrededor del cual giraban su vida y su mundo.
Esta relación tenía una base moral y seguía fielmente el mandato de los Principios de la Educación en los que se estipula que “la armonía reinará entre el marido y la mujer”.Reiko no encontró jamás la ocasión de contradecir a su marido, y el teniente no tuvo motivo alguno para reñir a su mujer.
En el nicho, debajo de la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado fotografías de sus Majestades Imperiales, y cada mañana, antes de partir hacia sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar santificado y juntos se inclinaban en una profunda reverencia.
La ofrenda de agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de sakasi estaba siempre verde y fresca. Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y estaban colmadas de una felicidad intensa que hacía vibrar cada fibra de sus cuerpos.
III
Aun cuando la casa de Saito, Señor del Sello Privado, se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo de la mañana del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención en el amanecer nevado e interrumpió bruscamente el sueño del teniente.Saltó inmediatamente de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada que le tendía su mujer y se precipitó hacia la calle cubierta de nieve en el oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.
Algo más tarde, Reiko escuchó por la radio las noticias sobre aquella súbita erupción de violencia.Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad tras las puertas cerradas.
Reiko había leído la presencia de la muerte en el rostro de su marido al marcharse a toda prisa bajo la nieve. Si Shinji no regresaba, su propia decisión era también muy firme. Moriría con él.
Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.
Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad.Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana,un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko.Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos.Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados.
Tomó la ardilla en su mano y la observó.Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en la lontananza los principios,vitales como el sol, que personificaba su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado.
Ahora solamente acariciaba su recuerdo y el lugar que ocuparan en su corazón se había colmado definitivamente con pasiones más intensas.
Reiko jamás había supuesto que las turbadoras emociones de la carne fueran sólo un placer. La baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla habían entumecido sus dedos.Sin embargo, bajo los dibujos simétricos de su acicalado kimono meisen podía sentir, cuando recordaba los poderosos brazos del teniente, una cálida humedad que, desde su piel, desafiaba al frío.
No experimentaba absolutamente ningún temor por la muerte que rondaba en la cercanía. Mientras esperaba sola en su casa, Reiko no dudaba que la angustia y la congoja que estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían, con tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. Sentía en lo más hondo que su cuerpo podría disolverse con facilidad y convertirse en una sola cosa con el pensamiento de su marido.
A través de las informaciones de la radio, escuchó los nombres de varios colegas de su marido mencionados entre los insurgentes.Éstas eran noticias de muerte. Se preguntaba ansiosamente, a medida que la situación se hacía más difícil, por qué no se emitía una Ordenanza Imperial. El movimiento, que en un principio había parecido ser un intento de restaurar el honor nacional,se había convertido gradualmente en algo llamado motín.El regimiento no había dado ningún comunicado y se suponía que,en cualquier momento, podría comenzar la lucha en las calles aún cubiertas de nieve.
El veintiocho, a la caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko.Bajó precipitadamente las escaleras, y mientras, con dedos inexpertos, tiraba del pasador,la silueta apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha,no emitía sonido alguno. Sin embargo,no dudó de la presencia de su marido.Nunca antes había tenido tanta dificultad en abrir la puerta .Cuando finalmente pudo lograrlo, se encontró frente al teniente enfundado en un capote color kaki y con las botas de campaña salpicadas de barro.
Reiko no comprendió por qué Shinji cerró la puerta y corrió nuevamente el pasador.
-Bienvenido a casa -la joven ejecuta una profunda reverencia a la cual su marido no responde.Se había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote.Ella quiso ayudarlo. La chaqueta, que estaba fría y húmeda y había perdido el olor a estiércol que tenía normalmente cuando se la exponía al sol, le pesaba en el brazo.La colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus mangas, esperó a que su marido se quitase las botas. Luego, lo siguió hasta el cuarto de estar: la habitación de seis tatami.
Bajo la clara luz de la lámpara, el rostro barbudo y agotado de su marido era casi irreconocible. Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y elasticidad.
En circunstancias normales hubiera cambiado su ropa por otra de casa, y la hubiera urgido a servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la mesa vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho.
Reiko se abstuvo de preguntar si debía preparar la comida.
-Yo no sabía nada -dijo el hombre al cabo de un silencio-. No me pidieron que me uniera a ellos .Quizás no lo hicieron al saberme recién casado.Kano, Homma y, también,Yamaguchi.
Reiko evocó los rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían ido a aquella casa en calidad de invitados.
-Quizás mañana se publique una Ordenanza Imperial. Supongo que serán juzgados como rebeldes. Estaré a cargo de la unidad conórdenes de atacarlos… No puedo hacerlo.Sería simplemente imposible -guardó un corto silencio-. Me han dispensado de las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche.Mañana, a primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica.No puedo hacerlo, Reiko…
Reiko estaba sentada, muy tiesa, con los ojos bajos.
Comprendía muy claramente que su marido hablaba en términos de muerte.El teniente estaba resuelto y, aun cuando todavía planteaba el dilema, en su mente ya no cabían vacilaciones.
Sin embargo, en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro con la misma transparencia de un cauce alimentado por el deshielo.
Ya en su casa después de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el teniente experimentó, por primera vez, una verdadera paz interior. Había intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus palabras.
-Bien, entonces… -el teniente abrió, grandes, los ojos. Pese al cansancio, su mirada era fuerte y transparente y no la apartó de su esposa-. Esta noche me abriré el estómago.
Reiko no vaciló.
-Estoy preparada -dijo-, permíteme acompañarte.
El teniente se sintió casi hipnotizado por la mirada implorante de su esposa.Sus palabras comenzaron a fluir rápida y fácilmente,como expresadas en delirio.
Otorgó su aprobación a aquella empresa vital en una forma descuidada y negligente que parecía escapar a su entendimiento.
-Bien. Nos iremos juntos. Pero, antes, quiero que seas testigo de mi muerte.
Ya de acuerdo, sus corazones se vieron inundados por una repentina felicidad.
Reiko estaba profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por esta razón era necesario un testigo. Y el haber elegido para tal fin a su mujer,demostraba una profunda y absoluta confianza. En segundo lugar, y esto era aun más importante,aunque había rogado a Reiko que muriera con él, ni siquiera intentaba matar a su esposa primero, sino que dejaba aquel momento librado al criterio de ella, para cuando él ya no estuviera allí, verificándolo todo. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha, cumpliendo el pacto de los suicidas, hubiera preferido matarla primero.
Cuando Reiko dijo: “Permíteme acompañarte”,el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji… No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente,sólo por amor.
Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas.Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes.
-El agua está caliente. ¿Te darás un baño ahora?
-Sí, por supuesto.
-¿Y la comida…?
Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico,que, por una fracción de segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.
-No creo que sea necesario. ¿Podrás calentar un poco de sake?
-Como quieras.
Reiko se levantó y al tomar del ropero un vestido tanzan para después del baño, atrajo deliberadamente la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No hubo pena en él frente a la heroica determinación de Reiko. Como un marido a quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente, inundado de afecto, abrazó a su mujer cariñosamente por la espalda y le besó el cuello.
Reiko sintió la aspereza de aquel rostro sin afeitar. Esta sensación encerraba para ella toda la alegría del mundo, y ahora -sintiendo que iba a perderla para siempre- contenía una frescura mas allá de toda experiencia. Cada momento parecía contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su cuerpo.
Aceptando las caricias de Shinji, Reiko se alzó sobre la punta de los pies y dejó que aquella vitalidad atravesara su cuerpo.
-Primero, el baño, y luego, después de tomar sake… Prepara las camas arriba, ¿quieres?
El teniente susurró algo en el oído de su mujer,y ella asintió silenciosamente.
El teniente se quitó apresuradamente el uniforme y se dirigió al baño.
Al escuchar el suave rugido del agua, Reiko llevó carbón hasta el cuarto de estar y empezó a calentar el sake.
Tomó el tanzen, un fajín y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En medio de una nube de vapor, el teniente se afeitaba con las piernas cruzadas en el suelo. Ella pudo distinguir los músculos de su fuerte espalda húmeda que respondían a los movimientos de sus brazos.
Nada sugería algún acontecimiento anormal. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y preparaba platos improvisados.
Sus manos no temblaban y se mostraba más eficiente y desenvuelta que de costumbre. De tanto en tanto sentía extrañas palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un momento de gran intensidad y luego se desvanecían sin dejar huellas. Omitiendo esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual.
Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente.
El teniente confiaba en que no había habido impureza en el goce experimentado mientras resolvían morir.
Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de una manera clara y consciente, que esos placeres permisibles estaban nuevamente bajo la protección del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e intachable. Al mirarse a los ojos descubrieron en su interior una muerte honorable, estaban de nuevo a salvo tras las paredes de acero que nadie podría destruir,enfundados en la impenetrable coraza de la Belleza y la Verdad.
El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo.
Acercó más aun la cara al oscuro y agrietado espejo de pared y se afeitó cuidadosamente. Aquel era el rostro que presentaría a la muerte y era importante que no tuviera imperfecciones. Sus mejillas, recién afeitadas, irradiaban nuevamente el brillo de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y radiante.
Sería su rostro de difunto.En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad.Ya no era una criatura viviente.
Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado bajo la tersa piel de las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón. Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía.
Tan pronto como hubo vaciado su taza de sake, se la ofreció a Reiko, quien nunca lo había probado. La joven bebió un sorbo, tímidamente.
-Ven aquí-dijo el teniente.
Reiko se acercó a su marido, y mientras él la abrazaba ella se sintió profundamente conmovida, como si la tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella.
El teniente contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes.
Reiko tenía una cara de rasgos regulares, sin ser fríos, y de labios suaves. El teniente, que no se cansaba de contemplarla, la besó en la boca. Y repentinamente, sin que se alterara su belleza por el llanto, las lágrimas comenzaron a brotar lentamente bajo las largas pestañas y corrieron como hilos brillantes por sus mejillas.
Luego Shinji quiso subir al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño. El teniente subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y las piernas abiertas en la habitación entibiada por la estufa de gas. El tiempo que transcurrió esperando a su mujer no fue más largo de lo habitual.
Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperaba la muerte? ¿Un salvaje éxtasis de los sentidos? Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia.
El teniente nunca había gozado de una libertad tan absoluta.
Un coche frenó y pudo escuchar el chirrido de las ruedas patinando sobre la nieve apilada en los bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir esos ruidos, Shinji pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria en el océano de una sociedad ocupada incansablemente en los mismos asuntos de siempre. A su alrededor se extendía desordenadamente el país por el cual estaba sufriendo y a punto de dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria. Era la trinchera del espíritu.
Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior.
Reiko tenia un fajín sobre el yukata y su rojo estaba atenuado por la media luz. El teniente quiso asirla y la mano de Reiko corrió en su ayuda. El fajín cayó al suelo.
Ella estaba de pie frente a él, vistiendo su yukata.
El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las mangas y la abrazó intensamente. El roce de sus dedos sobre la piel desnuda, sentir que las axilas se cerraban suavemente sobre sus manos, encendió aun más su pasión y, pocos instantes más tarde, ambos yacían desnudos frente al brillante fuego de la estufa.
No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras “ÚLTIMA VEZ” hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos.
El teniente atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Sus lenguas exploraron las bocas, adentrándose en su interior suave y húmedo, y fue como si las aún desconocidas agonías de la muerte templaran sus sentidos como el acero al rojo vivo. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa.
-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró el teniente-. Déjame mirar… -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.
Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.
El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares… Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora.
La boca del teniente seguía fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los brazos emergían malsanamente a ambos lados, afinándose hacia las muñecas, pero sin perder su redondez ni simetría.
Los dedos delicados eran aquellos que habían sostenido el abanico durante la ceremonia nupcial. A medida que el teniente los besaba, se retraían como avergonzados. El hueco natural de esa curva entre el pecho y el estómago tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura, sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas que se extendían hasta las caderas. La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como la leche contenida en un recipiente amplio. El hoyo sombreado del ombligo podía haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Donde las sombras se hacían más intensas, el vello crecía apretado, dulce y sensible, y a medida que la excitación aumentaba en aquel cuerpo que había dejado de mostrarse pasivo, un aroma de flores ardientes se hacia cada vez más penetrante.
Reiko habló, por fin, con voz trémula:
-Muéstrame… Déjame mirar por última vez…
Shinji no había escuchado nunca de labios de su mujer un ruego tan firme y definido. Era como si su modestia ya no podía ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas que la oprimían. El teniente se recostó sumisamente para someterse a los requerimientos de su mujer. Ella alzó ágilmente su cuerpo blanco y tembloroso y ardiendo en un inocente deseo de devolverle todo cuanto había hecho por ella, puso los dedos sobre los ojos de Shinji y los cerró suavemente.
Repentinamente inundada de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción, Reiko abrazó la cabeza rapada del teniente y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el abrazo, contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios bien dibujados y firmes. Reiko comenzó a besarlos, se detuvo en la ancha base del cuello, en los hombros fuertes y erguidos, en el pecho poderoso con sus círculos gemelos semejantes a escudos de ásperos pezones. Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura. La piel desnuda del teniente relucía como un campo de cebada y podía observar los músculos en relieve convergiendo sobre el abdomen alrededor del ombligo pequeño y modesto.
Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.
Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. Resulta fácil imaginar a qué éxtasis llegaron después de aquellos tiernos intercambios. El teniente se incorporó y rodeó con un potente abrazo a su mujer, cuyo cuerpo estaba exhausto luego de tantas lágrimas y aflicciones. Juntaron sus caras apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de Reiko temblaba. Sus pechos húmedos estaban fuertemente apretados y cada milímetro de aquellos cuerpos jóvenes y hermosos se habían compenetrado tanto con el otro que parecía imposible que se separaran jamás.
Reiko gritó.
Desde las altura se sumergieron en el abismo, y, de allí, una vez más hasta embriagantes alturas. El teniente jadeaba como el portador de un estandarte…
Al terminarse su ciclo, surgía inmediatamente una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se elevaron nuevamente hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante.
IV
Cuando Shinji se volvió finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física que necesitaría para llevar a cabo el suicidio. Ademas, hubiera lamentado enturbiar la dulzura de aquellos últimos momentos abusando de esos goces.
Reiko, con su habitual complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los dedos entrelazados, mirando fijamente el oscuro cielo raso. La habitación estaba caldeada por la estufa y en la noche silenciosa no se escuchaba el trafico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y autobuses de la estación Yotsuya, que se perdía en el parque densamente arbolado frente a la ancha carretera que bordea el Palacio Akasaka. Resultaba difícil pensar en la tensión existente en el barrio donde las dos facciones del Ejercito Imperial se preparaban para la lucha.
Deleitándose en su propio calor, los jóvenes rememoraron en silencio los éxtasis recientes. Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los besos nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante felicidad .Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba desde las vigas del techo. Aquellos habían sido los últimos placeres de los que sus cuerpos no disfrutarían nunca más. Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso.
También se desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte. En aquel momento ya no cabían dudas. Era menester tener el coraje necesario, salirle al encuentro y atraparla.
-Podemos prepararnos -dijo el teniente.
La determinación que encerraban sus palabras era inconfundible, pero tampoco había habido nunca tan cálidas y tiernas inflexiones en su voz.
Varias tareas los aguardaban. El teniente, que no había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.
Reiko apagó la estufa y la luz. En ausencia del teniente lo había aseado todo cuidadosamente, y ahora aquella habitación de ocho tatami presentaba la apariencia de una sala lista para recibir a importantes invitados.
-Aquí bebieron Kano y Homma y Noguchi…
-Sí, eran todos grandes bebedores.
-Nos reuniremos pronto con ellos en el otro mundo. Se burlarán de nosotros cuando adviertan que te llevo conmigo.
Al bajar la escalera, el teniente se volvió para contemplar la limpia y tranquila habitación iluminada por la lámpara. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales que allí habían bebido y bromeado inocentemente. Nunca había imaginado, entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago.
El matrimonio se ocupó despacio y serenamente de sus respectivos preparativos en las dos habitaciones de la planta baja. El teniente fue primero al retrete, y luego, al baño a lavarse. Mientras tanto, Reiko doblaba y guardaba la bata acolchada de su marido; ordenaba la túnica del uniforme, los pantalones y un taparrabos blanco recién cortado; disponía unas hojas de papel sobre la mesa del comedor para las notas de despedida. Luego, tomó la caja que contenía los instrumentos para escribir, y comenzó a raspar la tableta para hacer tinta. Ya había decidido el contenido de su última misiva.
Los dedos de Reiko apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua del tintero se tiñó inmediatamente como si una oscura nube hubiera pasado sobre él. Todo aquello no era sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de pasar el tiempo hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo. Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta al espesarse.
El teniente salió del baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al papel que tenía delante.
Reiko tomó un kimono de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando reapareció en la habitación, ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada. El teniente la había colocado bajo la lámpara .Las gruesas pinceladas solo decían:
“¡Vivan las fuerzas imperiales! – Teniente del ejército, Takeyama Shinji.”
El teniente observó en silencio los controlados movimientos con que los dedos de su mujer manejaban el pincel.
Con sus respectivas esquelas en la mano -la espada del teniente ajustada sobre su costado y la pequeña daga de Reiko dentro de la faja de su kimono blanco-, ambos permanecieron frente al santuario, rezando en silencio. Luego, apagaron todas las luces de la planta baja. Mientras subían, el teniente volvió la cabeza y observó la llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y los ojos bajos, iba tras él.
Acomodaron las notas de despedida una junto a la otra en la alcoba de la planta baja.
Por un momento pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por su mediador el teniente general Ozzeki y consistía en dos caracteres chinos que significaban “Sinceridad”, lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara con sangre, el teniente general no se ofendería.
Shinji tomó asiento de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él. Reiko se sentó frente a él, a un tatami de distancia. El toque de pintura en sus labios parecía aun más seductor sobre el severo fondo blanco.
Se miraron intensamente a los ojos a través de la distancia de un tatami que los separaba. La espada del teniente casi tocaba sus rodillas. Al verla, Reiko recordó la primera noche de casada, y se sintió abrumada de tristeza.
Finalmente, el teniente habló con voz ronca:
-Como no voy a tener quién me ayude, me haré un corte profundo. Puede que sea desagradable. Por favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier circunstancia. No debes dejarte atemorizar, ¿comprendes?
Reiko asintió con una profunda inclinación de cabeza.
Al mirar la figura esbelta de su mujer, el teniente experimentó una extraña excitación. Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla.
Por unos instantes el pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte solitaria en el campo de lucha, una muerte frente a los ojos de su hermosa esposa… Una dulzura sin límites lo invadió al experimentar la sensación de que iba a morir en aquellas dos dimensiones, conjugando la imposible unión de ambas.
“Este debe ser el pináculo de la buena fortuna”, pensó. El hecho de que aquellos hermosos ojos observaran cada minuto de su muerte, equivaldría a ser llevado al más allá en alas de una brisa fragante y sutil.
Presentía en aquella circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás, a él solo dispensada. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. Reiko también contemplaba a su marido que tan pronto habría de morir, pensando que jamás había visto algo tan maravilloso en el mundo.
El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil.
-Es hora de partir -dijo, por fin.
Reiko dobló su cuerpo hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. No quería arruinar su maquillaje con las lágrimas que le resultaban imposibles de contener.
Cuando finalmente alzó la mirada, vio borrosamente, a través de las lágrimas, que su marido había enroscado una venda blanca alrededor de su espada ahora desenvainada; sólo dejaba en la punta doce o quince centímetros de acero al desnudo.
Apoyando la espada en el tatami que tenía frente a él, el teniente se alzó sobre las rodillas, se sentó nuevamente con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no verían ya a su mujer. Lentamente, se desprendió uno por uno los botones chatos de metal. Observó primero su pecho oscuro y, luego, su estómago. Desató el cinturón y se desabrochó los pantalones. Tomó el taparrabos con ambas manos y lo tiró hacia abajo para dejar más libre al estómago. Luego empuñó la espada con la venda blanca en su filo, mientras que, con la mano izquierda, masajeaba su abdomen. Conservaba la mirada baja.
Para verificar el filo, el teniente abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la vista, y deslizó el filo sobre la piel. La sangre brotó inmediatamente de la herida y varias gotas brillaron a la luz.
Era la primera vez que Reiko veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el pecho. Observó el rostro del teniente y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a que aquel era un consuelo superficial, Reiko sintió cierto alivio.
Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Colocando la espada frente a él, se alzó ligeramente sobre sus músculos e inclinó la parte superior del cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación.
Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó cuánto había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago.
Recuperó la conciencia. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo.
“¿Es esto el seppuku?”, pensó.
Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como bajo el efecto de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar asido a esa fibra con toda su desesperación.
Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir.
Reiko luchó por no correr al lado de su esposo al observar la mortal palidez que invadía sus rasgos después de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de observar. Ser testigo. Tal era la obligación contraída con el hombre amado. Frente a ella, a un tatami de distancia, podía ver cómo su marido se mordía los labios para ahogar el dolor.
Reiko no contaba con ningún medio para rescatarlo a él.
La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego, nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.
La agonía que se desarrollaba frente a Reiko la quemaba como un implacable sol de verano, pero era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos.
El dolor crecía con regularidad. Reiko sentía que su marido se había convertido en un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un prisionero en una jaula de sufrimiento, y mientras pensaba, comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal entre ellos.
Desde su matrimonio, la existencia de su marido se había convertido en la suya propia, y cada respiración de Shinji parecía pertenecer a Reiko. En cambio, ahora, mientras que la existencia de su marido en el dolor era una realidad viviente, Reiko no podía encontrar en su pena ninguna prueba concluyente de su propia existencia.
Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros.
El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo. Al advertirlo, Shinji sintió un renovado coraje.
El volumen de la sangre no había dejado de aumentar y ahora manaba por la herida como originado por el latir del pulso. La estera estaba empapada de sangre que seguía renovándose con aquella que chorreaba de los pliegues del pantalón kaki del teniente. Una salpicadura, semejante a un pájaro, voló hacia Reiko y manchó la falda de su kimono de seda blanca. Cuando el teniente pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalándose de sangre y grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, el teniente gritó roncamente. Los vómitos volvieron aun más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta aquel momento se había mantenido firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, las entrañas de Shinji causaban una impresión de salud y desagradable vitalidad que las hacía escurrirse blandamente y desparramándose sobre la estera. La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. Las insignias doradas brillaban a la luz.
Todo estaba lleno de sangre. El teniente estaba empapado de ella hasta las rodillas, y ahora se sentaba en una posición encogida y desamparada con una mano en el piso. Un olor acre inundaba la habitación. La cabeza del hombre colgaba en el vacío y su cuerpo se sacudía en interminables arcadas. La hoja de la espada, expulsada de sus entrañas, estaba totalmente expuesta y aun sostenida por la mano derecha del teniente.
Sería difícil imaginar una visión más heroica que la del teniente reuniendo sus fuerzas y echando la cabeza hacia atrás. La violencia del movimiento hizo que la cabeza del teniente chocara contra uno de los pilares de la alcoba.
Hasta aquel momento, Reiko había permanecido sentada con la mirada baja, como encandilada por el flujo de la sangre que avanzaba hacia sus rodillas, pero el golpe la sorprendió y tuvo que alzar la vista.
El rostro del teniente no era el del hombre con vida. Los ojos estaban vacíos, la piel lívida, las mejillas y los labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía aun sosteniendo laboriosamente la espada. Se agitó convulsamente en el aire, como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la base del cuello.
Reiko contempló cómo su marido intentaba este último, conmovedor y fútil esfuerzo. Brillando de sangre y grasa, la punta se descargaba una y otra vez sobre la garganta. Siempre fallaba. No le quedaban fuerzas para guiarla y sólo chocaba contra las insignias del cuello del uniforme que se había cerrado nuevamente y protegía la garganta.
Reiko no soportó aquella visión por más tiempo. Intentó ir en ayuda de Shinji, pero le resultaba imposible ponerse en pie. Se arrastró de rodillas y su falda se tiñó de un rojo intenso. Se colocó detrás de su marido y lo ayudó abriendo solamente el cuello del uniforme. La hoja vacilante tomó finalmente contacto con la piel desnuda de la garganta. Reiko tuvo la sensación de haber empujado a su marido hacia adelante.
No fue así. El teniente había dado una última demostración de fortaleza. Echó su cuerpo violentamente contra la hoja y el filo perforó su cuello, apareciendo luego por la nuca. El teniente permaneció inmóvil mientras un tremendo chorro de sangre lo inundaba todo.
V
Reiko descendió lentamente la escalera. Sus medias estaban resbalosas de sangre. En la habitación superior reinaba ahora la más absoluta calma.
Encendió las luces de la planta baja, verificó los quemadores y la llave principal del gas. Echó agua sobre el carbón humeante y semiapagado del brasero. Se detuvo frente al espejo de la habitación de cuatro tatami, y medio alzó su falda. Las manchas de sangre parecían un alegre dibujo estampado en la parte inferior de su kimono blanco. Al instalarse frente al espejo, sintió la fría humedad de la sangre de su marido en los muslos y tuvo un estremecimiento. Se entretuvo largamente en el baño. Aplicó una generosa capa de rouge sobre sus mejillas y también abundante pintura en los labios. Este maquillaje ya no estaba destinado a agradar a su marido. Se maquillaba para el mundo que estaba a punto de abandonar. Había algo espectacular y magnífico en los toques de su pincel. Al levantarse, advirtió que la sangre había mojado la estera dispuesta frente al espejo. Reiko no lo tuvo ya en cuenta.
La joven se detuvo al pisar el corredor de cemento que llevaba a la galería. Su marido había cerrado el pestillo de la puerta la noche anterior en un acto de preparación a la muerte, y durante un instante se sumió en la consideración de un simple problema, ¿dejaría el cerrojo echado? De hacerlo así, podrían transcurrir varios días antes de que los vecinos advirtieran el suicidio. A Reiko no le agradó la idea de dos cadáveres descomponiéndose antes de ser descubiertos. Después de todo, sería mejor dejar la puerta abierta…
Abrió el cerrojo y dejó la puerta de vidrios escarchados ligeramente entreabierta. El viento helado se coló de inmediato en la habitación. Nadie pasaba por la calle, era medianoche y las estrellas resplandecían tan frías como el hielo.
Reiko dejó la puerta entornada y subió las escaleras. Durante varios minutos caminó de un lado a otro. La sangre ya se había secado en sus medias .De pronto, un olor peculiar llegó hasta ella.
El teniente yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aun. Reiko anduvo negligentemente entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido. Lo observó atentamente. Tenía la mejilla apoyada en la alfombra, los ojos estaban muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Ella alzó la cabeza, la apoyó sobre su manga y, limpiándose la sangre de los labios, lo besó por ultima vez.
Luego tomó del armario una bata blanca y un cordón. Para evitar que su falda se desordenara, envolvió la manta alrededor de su cintura y la sujetó firmemente con el cordón.
Reiko se sentó muy cerca de Shinji. Extrajo la daga de su faja, examinó el brillo opaco de la hoja y la acercó a su lengua. El gusto del acero bruñido era ligeramente dulce.
Reiko no perdió tiempo. Pensó que el dolor que la había separado de su marido moribundo iba a formar ahora parte de su propia experiencia. Sólo vislumbró ante sí el gozo de penetrar en un reino que el amado Shinji ya había hecho suyo.
Había percibido algo inexplicable en la fisonomía agonizante de su marido. Algo nuevo. Le sería dado, pues, resolver el enigma.
Reiko sintió que, por fin, también podría participar de la verdadera y amarga dulzura del gran principio moral en que había creído el teniente.
Empujó entonces la punta de la daga contra la base de su garganta. La empujó fuertemente. La herida resultó poco profunda. Le ardía la cabeza y sus manos temblaban de forma incontrolable. Forzó la hoja hacia un costado y una sustancia caliente le anudó la boca. Todo se tiñó de rojo frente a sus ojos como el fluir de un río de sangre. Reunió todas sus fuerzas y hundió aun más profundamente la daga en su garganta.
FIN

miércoles, 1 de agosto de 2018

Boicots contra los que no podrán nada… a veces ni probarlos



En la década del sesenta, a finales, el que después sería dirigente del PSP (Partido Socialista Popular) y alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galvan fue invitado por el elitista club SIGLO XXI –el mismo en el que Fraga presentó a Carrillo durante la Transición– a dar una conferencia. Tierno Galvan era ya conocido como izquierdoso, como submarino del PCE–el PSP durante la Transición sirvió para legitimar como moderadas las posturas del PCE en los distintos órganos unitarios de la oposición–y, además, como un pedante de aupa. 
AQUELLO ERA UNA PROVOCACIÓN…
El MNR, uno de los primeros grupos ilegales nacional revoiucionarios de Madrid, decidió boicotear el acto, pero como a este iban a asistir numerosos altos cargos del gobierno, deseosos de mostrar su espíritu abierto, ni modo de reventarlo como se revienta una Asamblea de rojeras… 

¿QUÉ HACER?
FABADA Y EMÉTICO. Media docena de militantes del MNR–para que mentir, la que era toda su militancia–se metió entre pecho y espalda una fabada de las que no se las salta un gitano… después, todavía con el sabor de la comida en la boca acudieron a la conferencia y antes de entrar en ella tomaron un emético y se distribuyeron por la sala… a los diez minutos de conferencia vomitó el primer NR, seguido de manera más o menos espaciada por el resto. Como una vomitona es vomitiva, y al parecer la de fabada más, la vomitadera se contagió incluso a otras personas… con una sala francamente asquerosa la conferencia se suspendió, y los miembros del MNR, que eran conocidos por toda la policía política franquista fueron debidamente detenidos.
No era la primera vez que los detenían pero si la primera que los polis estaban muertos de risa al hacerlo… Después aunque al juez le caían mal muy mal… no hubo forma de incuiparles por el delito de mala digestión: UN DELITO QUE ENTONCES–Y TAMPOCO AHORA–NO ESTABA INCLUIDO EN EL CÓDIGO PENAL…

Y así, niños y niñas se jode una conferencia sin acabar a palos…

jueves, 28 de junio de 2018

HE LEÍDO LAS MEMORIAS DEL EX JEFE DE LA CIA Y EL TORTURADOR ES ADEMÁS ABURRIDO. PLAYING TO THE EDGE: AMERICAN INTELLIGENCE IN THE AGE OF TERROR





Michael Hayden es un general retirado de la Fuerza Aeres norteamericana. Ha sido director de la National Security Agency, primer director ejecutivo del DNI (Director of National Intelligente), y finalmente director de la Central Intelligence Agency. 
Fue director de la NSA de 1999 a 2005. Su periodo como director de la NSA coincidió con la actualización de los medios empleados informaticos empleados por esa agencia, así como con numerosas acusaciones de espionaje sobre ciudadanos norteamericanos. 
El 2005 pasó a ser el primer director del DNI y el 2006 a ser director de la CIA, un cargo tradicionalmente ocupado por civiles, tras la dimisión de su predecesor. Ocupó la dirección de la CIA hasta febrero de 2009.

El libro cubre la carrera del general Hayden basicamente desde sus tiempos en la NSA hasta el cambio de guardia en la CIA, tras la elección de Barack Obama, es decir desde los años finales de Bill Clinton hasta el 2009, un periodo de excepcional importancia en la vida norteamericana en que sus servicios de espionaje se han sito envueltos en numerosas controversias: su incapacidad para detener los ataques del once de septiembre, la supuesta presencia de armas de destrucción masiva que condujeron a la invasión de Irak, el espionaje electrónico sobre ciudadanos norteamericanos, así como sobre instituciones internacionales no consideradas como enemigas y gobiernos amigos, el empleo de cárceles en terceros países e incluso el de la tortura como medio de obtención de datos, el caso Snowden y Wikileaks.
El libro debería tener todo para ser interesante. Hayden fue primero director de la NSA en tiempos de Clinton y Bush y después de la CIA hasta los primeros meses de Obama. Con anterioridad, su carrera en los servicios de información llega hasta sus años como oficial subalterno y agregado militar, durante el final de la guerra fría, que rememorará en alguna de estas páginas.
Sus nombramientos para los más altos cargos dentro de las agencias de Información en Estados Unidos coinciden con un momento de cambio dentro de las agencias de información, tanto en sus objetivos como en sus medios, cuando se pasó de un enemigo principal, claramente definido y tecnológicamente inferior, la Unión Soviética, a un mundo donde los enemigos no están tan claros --a lo largo del libro veremos como el 80% de los recursos de la CIA están dedicados a un país con el que no está en guerra: Iran-- y en el que además las nuevas redes terroristas están a la misma altura tecnológica que los organismos institucionales. 
Los párrafos destinados a dsicutir los nuevos medios
de interrogatorio son decepcionantes.
Desgraciadamente no es el caso: este es un libro institucional, escrito por alguien que se ha separado de un alto cargo público y está obligado, por toda una vida de compromisos, a defender no tan sólo sus elecciones, sino además las instituciones en que ha servido y dirigido, a sus superiores directos, que incluyen a dos presidentes norteamericanos poco amigos de cumplir con los derechos humanis, pero también a sus subordinados y a las políticas seguidas por esas instituciones, que en el caso de la NSA incluyeron, posiblemente, nuevos metodos de obtención ilegal o alegal de datos de millones de ciudadanos que empleaban Internet, y en el de la CIA incluyen, incluso hoy, asesinatos de líderes enemigos, detenciones en puntos negros, o el empleo de métodos coercitivos en los interrogatorios. Son años también de reorganización y reestructuración de las agencias, de aparición de nuevas tecnologías y esas nuevas tecnologías, así como los vacíos legales que las rodean, ocuparán bastantes páginas del libro.

¿Cómo explicar algunos de los peores errores del espionaje americano? El autor no lo hace. Parece comportarse como si el no reconocerlos los borrase. Los datos de la NSA no impidieron el Once de Septiembre, pero sí ataques posteriores, si creemos al autor. Tampoco se nos explica porque las agencias de información respaldaron la presencia de armas de destrucción masiva en Irak. Se trató de un error en el análisis de información, aunque el autor, sin podernos explicar convincentemente como se cometió ese error, insistirá en la ausencia de presión por parte de la presidencia norteamericana en ese sentido.
Gran parte de los capítulos iniciales del libro, los que deberían atraer al lector hacia el mismo están consagrados a política de oficina, nombramientos, cargos, colocación de personal y a los mecanismos que rodean esos nombramientos, así como a una serie de análisis en los que el autor trata de transmitir una idea de normalidad a una actividad que no tiene nada de normal o usual, el espionaje. Convierte así un tema que podría ser excitante en una serie de actividades burocráticas y administrativas que podrán aburrir a cualquiera que no siga C-Span de forma regular. 
El análisis que hace Hayden en esos capítulos iniciales de su papel en la NSA no es el de un jefe de espias, por momentos parece el jefe de una industria anticuada y caduca que sobrevive gracias a las ayudas oficiales, que necesita renovarse, hablando de nuevas tecnologías, licencias y problemas administrativos a un consejo de administración envejecido y poco convencido. No es que en esos capítulos no tenga momentos de humor: como cuando su esposa, tras ver Enemy of the State, una película de Will Smith en que los agente de la NSA son los malos más malos y el aspirante a director de esa entidad el peor de todos ellos, le pregunta que a quien ha tenido que matar para llegar al cargo—en la película el aspirante a jefe de la NSA mata a un Senador... nada grave, hay otros 99.

Supongo que esta forma de abordar el tema, cuya sequedad no podía escapársele al autor, tiene que ver con su afirmación en las primeras páginas de que no ha conocido a ningún Jack Bauer (el torturador de la serie televisiva 24, interpretado por Kieffer Sutherland) en sus años al frente distintas agencias, sino que todos sus subordinados y colegas han sido gente perfectamente normal, un corte representativo de América. A todo lo largo del libro abundarán los intentos de normalizar la situación, tanto del autor como de sus subordinados. Hay una intención clara a lo largo del texto: explicar que nosotros, los miembros de los servicios de información somos como vosotros, los lectores norteamericanos. 
Estamos frente a una biografía institucional, quizás por ello cada noticia que recibe relativa a su trabajo la recibe cerca de su esposa o en medio de una actividad familiar, y en los capítulos trece y quince del libro extiende esa familiaridad a los miembros de la CIA, para pasar del combate burocrático a los problemas personales que comportan sus actividades para los miembros de sus familias, las esposas que no tienen el mismo apoyo que, por ejemplo, la esposa de un soldado cuando pierden a uno de los suyos. Quizas por ello la prosa dedicada a contar un picnic familiar de miembros de la CIA con sus esposas e hijos es más agradable que la dedicada a hablar de los pasos que llevaron hasta la aprobación del waterboarding y otros medios coercitivos, comportamientos que Hayden se niega en todo momento a definir como tortura, porque, como nos explica, la tortura es una conducta criminal y los funcionarios que han llevado a cabo esos actos lo han hecho dentro de los límites de la ley americana.

En algunos capítulos la principal tarea del director de una agencia de espionaje parece ser moverse en los pasillos de Washington, soportar críticas, responder críticas, puntualizar en que punto la adquisición de información--metadatos resultado de la intercepción de correos electrónicos--sobre ciudadanos norteamericanos pasa a ser espionaje, o a no serlo (si atendemos sus puntualizaciones), y en que momento la deprivación sistemática sueño del sueño de los detenidos y el waterboarding son o no torturas (de nuevo un terreno ambiguo para el autor), de la misma manera que en bastantes páginas el autor juega con los conceptos y reduce conductas que afectan a personas, a veces de forma muy negativa a meros procedimientos administrativos. 
Cuando Hayden viaja y debate fuera de Washington su libro se hace más interesante, probablemente porque tiene que explicarles a sus lectores norteamericanos cosas que les son ajenas de la misma manera que en su momento tuvo que explicárselas a sus jefes. Su regreso a Bulgaria, donde en otros tiempos espió, sus conversaciones con el jefe del Mossad que le obliga a explicar que como funcionario norteamericano no puede animar en otras agencias conductas que le están prohibidas en su propia agencia (están hablando sobre el asesinato de científicos iranies), sus conversaciones con el número dos de Mubarak en Egipto, las críticas recibidas en Alemania por espiar a los dirigentes de un país amigo...

Los capítulos finales del libro nos remiten a la elección de Barack Obama. Durante la campaña electoral, al menos para el autor, la principal baza electoral de Obama era que no era Bush y habló en contra de las detenciones de sospechosos terroristas en terceros países --donde no les cubrirían las garantias legales norteamericanas--, del cierre del campo de prisioneros de Guantanamo, del final de las torturas y liquidación de líderes enemigos. El autor hace notar que Obama, una vez llegado a la Casa Blanca ha continuado esas políticas y de hecho las ha intensificado en estos últimos años, pareciendose más los años de Obama al segundo periodo presidencia de Bush que el segundo periodo presidencial de Bush a su primer periodo. En un momento dado del libro, y hablando de los primeros años de Obama hace notar que los principales partidarios de su política antiterrorista fueron los partidarios del anterior gobierno más que sus propios electores. Sin embargo la llegada de Obama, que Hayden parece preferir a la posible elección de McCain, fue acompañada de dudas por gran parte del personal que trabajaba en la CIA y la NSA, y su lenguaje inicialmente criticado por los ex directores de la CIA (excepto por Bush padre que como ex presidente debió permanecer al margen), hasta que pudo verse que el cambio de lenguaje no significaba ni la persecución de aquellos que durante gobiernos anteriores habían realizado los actos criticados por el nuevo presidente durante su campaña electoral, ni por un cambio real de la política de las agencias de espionaje. Pese a todo el autor insiste en su papel en sus ultimos meses como jefe de la CIA defendiendo las políticas conducidas anteriormente, y en el hecho de que expresó claramente al nuevo presidente que no debería perseguirse a los agentes que ejecutaron políticas presidenciales anteriores debido a un cambio de las mismas: las políticas de la CIA las dicta la oficina del presidente independientemente de quien sea este.
El libro tiene puntos interesantes, debajo de una prosa que obstaculiza más que favorece la comprensión de lo que está pasando. Sobre todo al lector no norteamericano. Hay que decir que, cuando el autor se ve en la necesidad de explicar una situación a la que los lectores norteamericanos son normalmente ajenos, como la rara composición del estado pakistani, o la existencia de la teocracia iraní, sabe hacerlo muy bien, resumir situaciones a veces complicadas de forma fácil de seguir... el problema está en que más de la mitad del libro está dedicado a cosas que asume que su público, aquel para el que ha escrito el libro, el norteamericano, y no sólo el norteamericano sino el que sigue atentamente la política y conoce el funcionamiento de su burocracia, deberá comprender sin explicaciones adicionales...
Es una versión oficial, una historia oficial en la que los errores (por no decir los crímenes) se ven minimizados y ocultados tras la terminología administrativa. No teníamos derecho a esperar nada más: el libro ha sido escrito desde la defensa de unas instituciones en que el autor cree y estuvo implicado, y eso excluye en gran parte del mismo tanto las grandes preguntas comprometedoras como las grandes respuestas críticas. Y por descontado también los ataques personales. Lo más parecido a una intencionalidad política en el libro son los capítulos finales, dedicados a Obama donde el entorno de este, más que el mismo presidente, pueden sentirse criticados, porque atacan a sus predecesores pero practican sus mismas políticas. Pero incluso esa crítica queda envuelta en demasiadas palabrería. 
En pocos lugares fuera de Estados Unidos podrá gustar un libro que justifica, entre otras cosas, Guantanamo--un campo que al parecer no está tan mal porque tiene una biblioteca donde puede leerse a Harry Potter, lo que equilibra la deprivación de suelo y el waterboarding--, o las políticas de la CIA durante los diez años que estuvo al frente de la misma.
Un coñazo de libro para norteamericanos que aún crean en sus instituciones.

viernes, 22 de junio de 2018

SOBRE ECHEVARRIA Y CARLOS FUENTES

Un artículo que yo mismo reconozco algo vengativo ... pero bueno, va de quien va ... 

Echevarria se va a morir. Lo milagroso es que haya vivido tanto. Este es el buen hombre que pidió que expulsasen a España de la ONU en 1975, por cinco ejecuciones legales, después de ser principal responsable del asesinato ilegal de una cantidad indeterminada de estudiantes respondones –de 300 a 1500 según distintas fuentes internacionales– en la Plaza de Tlatelolco en 1968, cuando era Secretario del Interior del Presidente Diaz Ordaz… y de la matanza de estudiantes del Corpus Christi –120 muertos reconocidos, incluyendo uno peligrosísimo de 14 años– siendo ya presidente de la República, 
Fue el creador primero del BATALLON OLIMPIA (Tlatelolco fue su estreno) y después de los HALCONES, que fue algo a medio camino entre la banda criminal y la entidad casi policial. Su gobierno fue una mezcla de demagogía tercermundista, antiamericana, anticatólica, antiespañola–y si él y los demás altos dirigentes del PRI no hubieran sido todos ellos causalmente blancos [1] hubiera sido también antiblanca-- y represión poiicial del izquierdismo estudiantil pero con lenguaje izquierdista oficialista. El día después de la matanza de estudiantes del jueves de Corpus (10 de junio de 1971) el escritor, de izquierdas, Carlos Fuentes, en una entrevista con el periodista Joaquín López Dóriga, exculpaba a Echevarria de la matanza y decía que o ECHEVARRIA O EL FASCISMO. Tengamos en cuenta que en esa matanza algunos estudiantes inicialmente heridos fueron rematados en los hospitales a que habían sido llevados, uno de ellos en el mismo quirófano, y que el peligro fascista no existía por ninguna parte en México… cada político tiene los aduladores que se merece. 
Durante la presidencia de Echevarria podías escoger entre ser un izquierdista bueno que publica libros contra la colonia española y/o Estados Unidos … y entonces vivías y además eras subsidiado o recibías incluso una Embajada (como el novelista contestario Carlos Fuentes), o ser un mal izquierdista que protestaba la corrupción administrativa y pedía mejores sueldos, y entonces te despedía el sindicato, te apaleaba la policía y te asesinaban los Halcones (incluso en el Hospital)… y además no te daban una Embajada … sobre todo no la de París, que era la de Fuentes …
(Un aparte no sobre ECHEVARRIA sino sobre su escribano favorito: Las cosas como son, cuando Echevarria dejó de ser presidente, Carlos Fuentes, de nuevo constestario y recuperados el valor y la dignidad, escribió un cuento contra los Halcones… (pero en el cuento eran “los gavilanes”) en su volumén de cuentos Agua Quemada)
Maestro del uso de la terminología izquierdista, Echevarria se aseguró de que en México no hubieran guerrillas comunistas apoyadas por Cuba, mediante el sencillo método de asesinar a los aspirantes a guerrillero en México, mientras apoyaba a Cuba en las Naciones Unidas y a las guerrillas izquierdosas fuera de su país, lo más lejos posible… A Castro eso nunca pareció molestarle y devolvió a México a cuanto aspirante a revolucionario no institucional apareció por su Isla  
En 1975, cuando las últimas ejecuciones del franquismo, este asesino de masas populares fue brevemente el héroe de la izquierda española por su petición de que se expulsase a España de la ONU. Después se dieron cuenta de que estaban jaleando a un cerdo y dejaron de hacerlo … Es posible que los rojos de entonces tuvieran más decencia que los de ahora … Coño, tampoco es tan difícil … pese a todo lo dicho, las cosas como son, comparado con Maduro u Ortega, Echevarria casi podía pasar por un animal semicivilizado … y al menos sabía hacerse el nudo de la corbata correctamente y no hablaba con faltas de ortografía (asesinos sí, pero no incultos podría ser el eslogan semioficial de las altar jerarquías del PRI…) … Dicho sea esto con todo mi cariño y respeto hacia la figura de un viejo estadista que aparentemente se está muriendo… no le echaremos de menos... 

[1] Porque en México los presidentes del PRI siempre fueron más blancos, e indigenistas, para compensar, que sus votantes...

miércoles, 13 de junio de 2018

Vocabulario básico para militantes nacionalrevolucionarios



Algunas palabras con las que podremos encontrarnos en política

Activista/militante. El activista es un militante comprometido con su causa. No hay que confundir el activismo con la mera gesticulación revolucionaria. El activismo no tan sólo es moverse mucho, sino saber hacerlo de forma disciplinada en una dirección clara y con un objetivo definido. El militante nacionalista está siempre movilizado. La revolución es su segunda profesión. Educado, educa sucesivamente a los que le rodean, comunica su entusiasmo. En su papel de oganizador, debe hacer todo desde la nada más absoluta.

Agente provocador. No es necesariamente un agente pagado por el gobierno, pero sus actividades van siempre en el mismo sentido que el de los agentes del gobierno: provocar diferencias dentro de un grupo, introducir disensiones, animar a cometer actos ilegales porque, nos recordará, estamos contra la legalidad vigente. El agente provocador trata siempre de organizarse al margen de los líderes oficiales del partido, suele emplear un lenguaje super revolucionario y resumir problemas complejos de la forma más sencilla posible... En momentos de tensión contra el Estado, o contra grupos contrarios, puede parecer muy seductor resolver todo de forma sencilla, y normalmente violenta. No nos dejemos vencer por la tentación: cuatro cristales rotos no son una revolución, a menudo no son ni una algarada pero sí pueden llegar a ser una ficha policial, y una ficha policial te acompañará toda la vida.

Análisis. Algunos piensan con el corazón, otros con el estómago, pero nosotros como nacional revolucionarios tenemos que pensar con la cabeza. No siempre es fácil. Demasiadas veces nos dejamos llevar por el primer instinto, que además suele ser justo, o al menos debería serlo entre personas sanas. Pensar como revolucionario implica toda una serie de procesos. Debemos tener en cuenta que un análisis no es una lista de deseos: debemos tener en consideración no sólo nuestros deseos y nuestros derechos sino también la forma en que estos son vistos por otras personas. Debemos aprender a distinguir entre factores objetivos y subjetivos. Y por regla general podemos decir que son factores objetivos aquellos que nuestra voluntad no puede afectar directamente y factores subjetivos aquellos que dependen directamente de nuestra voluntad. A medida que nuestras fuerzas crezcan esos factores cambiaran: para nosotros la economía es un factor objetivo, para la gran banca o para los dirigentes de los grandes entes sindicales o empresariales, aunque po motivos distintos, es un factor subjetivo que pueden alterar. Un análisis político tiene que tener en cuenta la historia, el pasado, el carácter de nuestros partidarios y el de nuestros enemigos, elementos que pueden variar de un día al otro y otros que permanecen a lo largo de la historia. En cualquier caso el análisis es el paso previo de cualquier acción.

Autocrítica. De cuando en cuando es necesario hacer un análisis de conciencia y asumir que al margen de la acción de nuestros enemigos, algunas de las cosas que no nos han salido bien pueden ser culpa propia. Examinemos nuestros errores de forma regular hasta que sepamos porque tal o cual plan no ha salido bien. No señalemos faltas ajenas hasta ser consciente de las propias.

Burgués. Originalmente el burgués era el ciudadano del burgo, la ciudad libre de cargas señoriales. Con el paso de los siglos esa denominación ha degenerado hasta definir al hombre apartado tanto del campo y el trabajo manual, como de las tareas de la religión y la guerra. El hombre desarraigado para el que el oro es superior al honor, la ciudad al campo, el mundo sin raíces a la identidad, capaz de sentirse cómodo en cualquier parte pero nunca realmente parte de ninguna, que se convierte en el personaje central de la historia desde la Revolución Francesa hasta nuestros días. Oportunista y sin principios que vayan más allá de sus intereses, su terreno político cubre todo el amplio espectro que va desde la socialdemocracia hasta el conservadurismo.

Clique. De la misma manera que la casta es la parodia de la aristocracia, la clique o camarilla es la caricatura del grupo de dirigentes. Un grupo de mandos tiende a cooptar a los mejores para ingresar en el mismo. Es lo propio de las camarillas promover únicamente a aquellos que carecen de espíritu crítico. La camarilla aisla al mando de los militantes y a estos de la toma de decisiones haciendo imposible el crecimiento de un partido. Tiende a cerrarse y a protegerse de toda influencia exterior.

Comité ad hoc. Se trata de un comité creado para resolver una situación concreta dentro o fuera del partido, al que pueden unirse miembros ajenos al mismo para trabajar en la resolución de un problema común. Los comités de este tipo son buenos para añadir gente nueva, concienciarla a partir de un caso concreto sobre los fallos del sistema en conjunto.

Cuadro/responsable/mando. Tres palabras que, con los necesarios matices, se corresponden con una misma realidad. Es precisa una estructura de mando continua, no improvisada, que dé continuidad al trabajo del partido y lo haga posible. Cuadros y mandos son casi lo mismo: gente que trabaja con otra gente y la da órdenes, o por lo menos orientaciones. Un responsable puede ser un miembro del partido que dotado de alguna capacidad especial pueda trabajar y ser responsable de forma autónoma de un aspecto u otro de sus actividades sin tener necesariamente mando sobre sus militantes. En grandes estructuras jerárquicas es posible nombrar mandos, en pequeños grupos los mandos suelen surgir de forma natural entre los militantes más dotados de capacidad de mando, o incluso de valor personal. Corresponde al partido convertir, mediante la educación continua, a esos mandos surgidos de forma natural en cuadros capaces de trabajar en una estructura mayor.

Crítica constructiva. Nada te hace sentir mejor que la adulación y el elogio. Cualquiera puede adularte, sólo tus auténticos amigos te criticarán cara a cara para ayudarte a trabajar mejor. Hablar mal de alguien a sus espaldas, incluso si se tiene razón, no es una forma de crítica constructiva; insultar a alguien en publico por sus errores, tampoco; y aunque, a veces, un insulto en privado obliga a una persona a replantearse su forma de actuar, tampoco eso es una crítica constructiva. La crítica constructiva ayuda a mejorar los planes, e incluso a acercar a los camaradas, siempre que sea, ante todo educada, informada y sincera y se le comuniqué cara a cara al criticado.

Disciplina. La disciplina no es lo contrario de la espontaneidad sino lo opuesto a la desorganización. En grupos como el nuestro es ante todo una cuestión de tipo interior, es libremente aceptada, supone el aceptar perder parte de nuesta autonomía personal en favor de un esfuerzo en común.

Dogmático. Dogmático no es el que defiende el dogma, sino aquel que lo eleva a la categoría de intocable, al margen de la situación objetiva y subjetiva del momento. El dogmático está a tan sólo un paso de distancia, fácil de recorrer, del sectario.

Entrismo. El entrismo es esa táctica grupuscular por la que un grupo de militantes sin organización, aparentemente incapaces de crear una propia, tratan de entrar y hacerse con el control de otro grupo ya existente. Tiene algo de parasitario. Si el grupo en el que se entra tiene ya nuestras ideas, ¿no es mejor unirse a él sinceramente? Si no las tiene ¿qué ejemplo estámos dando a nuestros militantes ocultando nuestras ideas a cambio de usar un local o una fotocopiadora? Incluso si se logra el control de ese grupo ¿qué sentido tiene controlar un grupo que no puede confesar abiertamente sus ideas?

Estado. Maltratado por muchos, antes desde la izquierda y ahora desde la derecha globalizadora y capitalista, no debemos olvidar que el Estado surge de la sociedad, como forma de organización que incluso en sus peores momentos trata de organizar a la misma como conjunto, mientras que el nuevo dios del Mercado que ahora se alza contra el mismo, es fruto del capitalismo, que incluso en sus mejores momentos—si ha tenido alguno—necesita de la explotación del projimo. Debemos defender el Estado del bienestar como baluarte de las libertades de la sociedad contra el Mercado, defensor de los intereses de la minoría capitalista.

Frente. Aunque algunos partidos se llamen frente o empleen esa palabra en su nombre, los frentes propiamente dichos, incluso cuando no emplean ese término, son agrupaciones de partidos unidos en torno no a necesariamente a una ideología sino como respuesta a un problema único. Lo propio del partido es articular a una masa militante en torno a una ideología claramente definida. Lo propio del Frente es unir a una serie de grupos diferentes en torno a unas pocas ideas, o incluso en torno a una única idea. Los partidos son instrumentos de trabajo a largo plazo, un frente se crea necesariamente con fecha de vencimiento.

Infiltracion. Parecido al entrismo pero existiendo una organización política propia que puede aprovecharse de la entrada de algunos de sus militantes en una organización ajena. La infiltración puede tener por fin el espionaje, el sabotaje y, sobre todo la manipulación de los elementos del grupo infiltrado.

Masa. La masa no es el pueblo sino el pueblo desorganizado. Cuando los funcionarios de los partidos del sistema burgués hablan de ir a las masas, se refieren a buscar su voto. Cuando los militantes de los partidos nacional revolucionarios hablan de ir a las masas se refieren a organizarlas, arrancarlas de su estado amorfo y convertirlas en un grupo organizado, con conciencia propia. Para los partidos del sistema la Masa es buena, para los partidos de la revolución la Masa el algo que hay que superar.

Organización paralela. Puede llegar el momento en que el partido necesitará desarrollar actividades, no necesariamente ilegales, que no le convenga por uno u otro motivo, declarar como propias: desarrollar actividades comerciales que le permitan conseguir fondos, organizar frentes culturales o sindicales, crear sociedades informativas, que estando de acuerdo con las ideas del partido, o incluso sin mencionarlas, trabajen para el partido sin emplear sus siglas o su nombre. Los comunistas franceses fueron maestros en la creación de sociedades comerciales con los países del bloque oriental, los comunistas españoles estuvieron detrás de varias editoriales de tipo científico que nunca publicaron ni un sólo libro comunista pero que con la publicación de los manuales de la Academia de Ciencias de la URSS crearon un ambiente favorable hacia la Unión Soviética en círculos académicos.

Partido. Llámese como se llame (Frente, Movimiento, Organización), el partido es la estructura desde la que se trabaja en política, se participa y se influye en la vida de la comunidad organizada. Existe una desgraciada tendencia a la dispersión dentro del llamado área nacional en España, que pretende que mil iniciativas independientes pueden suplir a la labor de un partido organizado. Lo cierto es que es el partido organizado, como voluntad de la militancia consciente, el que debe organizar las iniciativas independientes, jerarquizarlas, someterlas a un plan concreto de trabajo y acción. El partido no tiene por que ser un aparato electoral, tiene sin embargo que ser un aparato centrado en torno a una doctrina, dotado de unos mandos claros, una militancia obediente y un plan concreto.

Política. Muchos militantes nacionalistas rechazan la politica, confundiéndola con esa cosa decadente que ha llegado a ser en las democracias Occidentales. La política es la participación en la vida de la comunidad. Existe allá donde existen hombres libres y no subditos. No debe asustarnos a pesar de que a veces traiga consigo compromisos. Aunque la acción cultural o social sean importantes para defender nuestra identidad y nuestro pueblo, sólo la acción política, que afecta a la forma del Estado e influye sobre la misma es el paso previo necesario para la Revolución.

Propaganda. El activista es un propagandista. La propaganda el principal de los medios de llevar nuestras ideas al gran público. Debemos ser claros, debemos ser honestos, debemos decir la verdad y hacerlo de tal manera que esta no sólo sea fácil de entender sino incluso agradable. Para ello deberemos conocer los medios de comunicación de masas y deberemos oir las respuestas recibidas.

Pueblo. Muchas veces las necesidades de la política, los límites de la doctrina, nos impiden recordar que el pueblo lo componen todas las clases sociales activas de la nación, no tan sólo una clase política o social. Sin perder de vista que unos grupos pueden ser ver como más atractivo nuestro mensaje, no debemos olvidar que nuestro objetivo es crear una comunidad popular en que gente de todos los orígenes puedan caber. Deberemos hablar con todos.

Reformismo. El reformismo consiste en intentar cambiar puntos concretos de un sistema en la esperanza de que este podrá con ello superar sus problemas, Por ejemplo, los partidos reformistas buscan curar los síntomas mas evidentes de decadencia de un sistema, no los problemas subyacentes en este. Así algunos grupos reformistas atacan el terrorismo, no las causas de insatisfacción social que dan lugar al mismo; la corrupción de uno o varios partidos en casos concretos, no el sistema de partidos actual.

Revolución. Una revolución es el cambio total de todas las instituciones sociales y para el gobierno de un Estado. En contra de lo que algunos pretenden no es necesariamente un gesto violento, aunque pueda llegar a serlo. La revolución es a menudo confundida con el periodo revolucionario y de cambio de poderes que la precede. Nada más lejano de la realidad: la revolución no concluye con la toma del poder sino que empieza con la misma, cuando a través de leyes se estabiliza e institucionaliza ese cambio y la sociedad, renovada, comienza a trabajar.

Revolucionario. Revolucionario es el que hace la revolución, no el que habla sobre la misma. Hay muchas formas de ayudar a la revolución, las más básicas son la construcción del partido revolucionario, porque no hay revolución sin partido revolucionario; y la elaboración y puesta al día de una teoria y una práctica revolucionaria, porque la revolución no deberá ser improvisada. La función del revolucionario podrá cambiar a lo largo del tiempo, no es lo mismo organizar un partido que llevarlo al mundo real, a la calle, no es lo mismo estar en la calle que compartir las instituciones con nuestros enemigos, ni es lo mismo participar de las instituciones, aunque sea para destruirlas, que crear un nuevo estado. Es lo propio de revolucionario saber en que momento de la revolución se encuentra, pensar en el bien del grupo antes que en la ambición propia y aceptar sacrificar parte de sus propias ambiciones e incluso libertad por el bien del grupo.

Revolucionarismo. Si la revolución es la transformación real de la sociedad mediante el cambio de las instituciones que la gobiernan, el revolucionarismo no es a menudo sino una pose. El revolucionario hace la revolución día a día, el revolucionarista se cree obligado a hablar de ella de forma constante, tanto más constante cuando menos trabaja por la misma. Es lo propio del revolucionarista abrazar la postura más radical, incluso cuando esta te corta de las masas a las que dice buscar o representar, escoger siempre el lenguaje más conflictivo, las expresiones más extremas. Querer correr y quemar etapas antes incluso de poder andar. El revolucionario puede hablar pero incluso mientras calla trabaja, el revolucionarista desaparece en el momento de callarse porque nunca ha sido nada más que palabras.

Sectarismo. En un momento dado un grupo, no importa de que tamaño, decide que tiene la verdad y que no necesita al pueblo. Que de hecho se siente más cómodo en la certeza absoluta que le da el hablar sólo a sus amigos de sus ideas, en lugar de discutirlas o compartirlas con el resto de la masa, que sus ideales son demasiado altos para que el vulgo los acepte o incluso conozca. Ese grupo, no importa como se llame, pasa de ser un partido, o incluso una entidad política de cualquier tipo, a ser una secta. Hay sectas en los grupos más extremos de la sociedad. Nadie es sectario dentro del liberalismo, que es un sistema de intereses y no de ideas, pero suelen darse entre trotskistas, maoistas urbanos europeos, y, por desgracia, entre nacional revolucionarios. Es propio del sectario preferir las ideas a las realidades y olvidar que una idea, incluso buena, incluso pura, sólo sirve si ayuda a cambiar la realidad.

Seguidismo. Existe la tentación de ser el más revolucionario y para ello seguir el ejemplo de aquellos grupos que estando en otra trinchera distinta a la nuestra, y a menudo incluso en la de enfrente, percibimos como revolucionarios y líderes de masas; el creer que adoptar un lenguaje pseudo izquierdista bastará para lograr liderar las masas de izquierdas, ahora que ni siquiera las izquierdas lo hacen. Seguidismo es seguir tendencias marcadas por otros grupos en la esperanza de que como a ellos parece irles bien a nosotros nos irá mejor.

Simpatizante. Muchos grupos desprecian al simpatizante. Y el simpatizante nunca estará a la altura del militante pero el militante, salvo que actúe dentro de una secta y no un partido, necesita del simpatizante. El simpatizante le mantiene anclado dentro del mundo real, le ayuda a pasar sus ideas al resto de los ciudadanos y ayuda a difundirlas. Los militantes pueden ser ex militantes, que comprenden bien lo que es el compromiso, pero también gente que llegando desde distintos campos ayuden dando su apoyo, simpatía y/o dinero a los militantes y al partido. No pueden controlar el partido, ni debe hacérseles caso fuera de sus áreas de especialización, pero sin ellos el partido rara vez puede abandonar el espacio grupuscular.

Sistema. El conjunto de las fuerzas e instituciones, legales, paralegales e incluso ilegales que conforman el régimen en el poder. El sistema incluye necesariamente al Estado y sus instituciones, a sus élites administrativas, comerciales y bancarias. Adoptemos lo antes posible la única actitud posible frente al Sistema: la hostilidad: existe un NOSOTROS, al que debemos unir cada vez más y más ciudadanos hasta que dentro de ese NOSOTROS puedan sentirse incluidos no tan sólo los nacional revolucionarios sino todos hombres y mujeres de bien, y un ELLOS y no puede haber tratos entre NOSOTROS y ELLOS.

Vanguardia. La palabra vanguardia alude a ese grupo que lidera las iniciativas sociales y políticas desde el frente; el formado por los primeros que han descubierto una nueva idea o al menos su necesidad. La palabra Vanguardia implica también otro término: masa, pueblo, seguidores. Que en nuestro deseo por ser los más avanzados no olvidemos nunca que estamos en combate no para ser los más avanzados sino para dirigir al pueblo. No es fácil compaginar el ser un movimiento de vanguardia con el ser un movimiento popular. Exige claridad en las ideas, los objetivos y las acciones.